En estos días, España está alerta por un sainete. Al español le gusta ser actor de su propia tragedia, por fantoche, por ser más papista que el papa. Pero no hace falta plantearse el por qué. Pero la ignorancia no es propia sólo de España sino del ser humano común.
Apenas basta leer en los títulos primeros de las constituciones o cartas magnas desde que existe la farsa democrática: todos los hombres son iguales en derechos y deberes e igualdad de oportunidades. Pura palabrería en contraposición a los hechos.
De facto, ni en los sistemas anglosajones ni en los sistemas de listas cerradas un ciudadano individual o grupos de ciudadanos puede acceder al poder, porque no existe la igualdad de oportunidades. En verdad, nos hallamos ante un sistema oligárquico blindado, que depende del dinero y de la retroalimentación de las mayorías. Dos partidos mayoritarios –y alguno minoritario bisagra y minorías territoriales- que hacen y deshacen las normas de funcionamiento, de modo que todo les favorece.
De dinero porque cada escaño o puesto electo recibe una financiación estatal o privada –según los países- que acaba siendo a fondo perdido. A mayor número de escaños la financiación es mayor, con lo cual los minoritarios o los que se presentan por primera vez no tienen acceso a ese respaldo económico y, por ende, a la publicidad para ser votados. Ya que además siempre se prioriza a los que poseen representación parlamentaria frente a los que están fuera de las instituciones.
Por otra parte se olvida el precepto que una vez se convocan elecciones. los poderes se hallan en un estado de provisionalidad y no existen grupos mayoritarios sino que debería valer el precepto de borrón y cuenta nueva, lo que implicaría que todos los candidatos poseen iguales derechos y oportunidades de promoción pública. Empero a las mayorías no sólo les favorece su financiación privada sino que monopolizan la institucional y fomentan la exclusión
El pueblo, en su analfabetismo funcional, se lo cree y entra en el juego de los bandos deportivos, encuentro que se da cada equis años y resuelve la necesidad del vulgo de considerarse libres en toda su dimensión. No importan los intereses del ciudadano salvo en lo que beneficio pueda suponer a los partidos-empresas.
En eso se han convertido: cuantos más votantes-consumidores mayor beneficio económico y de poder –aunque el propio sistema posea sus propias paradojas y, en ocasiones, no gane el que más votos obtenga. Al vulgo le da igual, acostumbrado a ser una marioneta-esclavo del sistema mercantilista.
El respeto a las minorías se diluye; la posibilidad de acceso al poder se limita al marco del sistema oligarca; los que se denominan quinto poder juegan a silenciar a las minorías o nuevos candidatos como meras anécdotas -si acaso-, por aquello de lo que consideran que es noticia o no y lo que vende más; el sistema oligárquico se convierte en una especie de dictadura cuatrianual –o quinquenal o según los años regulados- alternante; el periodo electoral se basa en los votos anteriores y coarta la igualdad de oportunidades en lo político, publicitario y económico; los poderes económicos apoyan a los dos partidos dominantes en tanto el biopolio alternante favorece a sus intereses económicos, dentro de los cuales se incluyen los medios de comunicación; los partidos funcionan como empresas y así se comportan, mientras a efectos de los votantes se presentan como dos equipos de fútbol en un encuentro deportivo en el que existen sólo dos bandos posibles a los que sumarse, al resto de los partidos no les prestan atención pues la indiferencia es el mayor poder de omisión.
Y no solamente eso, el propio sistema matemático que sustenta la farsa bifurca el voto a las minorías que no logran superar un tope o el voto en blanco o la abstención hacia las mayorías, de manera que su voto o no voto favorece justamente lo contrario a lo que desea votar. Con todo, podemos decir que se tratan de degeneraciones del propio sistema que nos pueden desviar de la crítica al sistema global –aunque lo acentúan.
Si nos centramos en los sistemas anglosajones –los defectos anteriores en parte se refieren a los sistemas de listas cerradas pero en general son comunes-, donde el ganador por zona es uno, todavía se acentúa más la inutilidad del voto, pues si uno es contrario al ganador, soporta una representación monocolor, con lo que el voto sólo sirve para desbancar al representante no deseado, con lo cual sólo el voto es útil si se vota al candidato con más posibilidades, diluyendo las otras opciones.
Esto es lo que hay, a simple vista. No me vale decir que es lo menos malo, porque existen formas de crear algo más parecido a la democracia, si bien en este marco las palabras se sacralizan –todo es publicidad y simplicidad- y uno parece un hereje si dice la verdad o lo que piensa. Y no sólo critico, sino que propongo.
De partida, prohibiendo la financiación externa de partidos y dando un componente de igualdad a todos los candidatos a la hora de publicitarse, a la vez que la participación del capital público se circunscriba a pagar un salario –directamente al parlamentario y no lo que hoy se realiza: pago al partido y no al refresentante, subvención de los partidos según los votos obtenidos, etc.- y mantener las instituciones y la equidad del sistema. Podría buscarse otro sistema matemático distinto –la famosa ley de D’Hont- que favorezca la diversidad de representación en el legislativo y fomente el consenso. De aquí en adelante se puede avanzar hacia una verdadera democracia.
Estudiado está el sistema de organización de las abejas o las hormigas y existe la tecnología suficiente para favorecer la participación en las decisiones políticas, tal como afirman muchos pensadores –no soy yo solo ‘el loco’-, como el colombiano Dr. Llinás, con su teoría del cerebro colectivo. Por ejemplo, mediante internet, se podía pasar de este sistema vulgar y que favorece la idiotez –en su sentido griego de apolítico- a uno en el que se pudieran votar multitud de cuestiones acercándose a la idea de cerebro colectivo de los insectos mencionados. En un futuro próximo cada día sería más fácil su aplicación.
Se trata de buscar una síntesis entre lo individual y lo colectivo que permita una decisión directa y libre, en lo posible, de interferencias y obstáculos. De esta manera los ciudadanos participan y crean las decisiones, tal que cada uno puede proponer ideas o proponerse como representante.
Cuando el acceso sea directo del cerebro a la red, se podrá votar sobre los caminos a tomar en todo momento. Si bien, para ello e precisa que el ser humano en su mayoría deje de ser un idiota –recuerdo de nuevo que en su significado de la Grecia democrática antigua se asociaba, entre otras cosas, al apolítico, al que estaba ausente de la actividad y futuro de la polis-, que, como bien dice Savater, es justamente lo que favorece al profesional político. Se precisa de una culturización real y de una voluntad de lograrla. Tampoco le conviene al político que el pueblo sea culto y que deje de ser una marioneta hedonista.
Por ello mismo se debe modificar el sistema, bien con la abstención masiva –tal como propone Sadramago- bien desde dentro bien de cualquier manera no violenta. Los científicos, los filósofos, los poetas, los artistas, los sociólogos, la multidisplinariedad de la inteligencia debe moverse en ese camino: crear un marco, una utopía, un objetivo hacia el que dirigirnos.
P.D.: Al poco de la conclusión del articulo, recibo una noticia que mucho tiene que ver con la posinilidad de conectsr las mentes con los ordenadores y favorece la creación del cerebro colectivo. La noticia en cuestión es:
















